¡HOLA AMIGOS! LES DOY LA BIENVENIDA A ESTE NUEVO BLOG, EN EL CUAL SUBIRÉ ALGUNOS TEXTOS ELABORADOS A LO LARGO DE DOS DÉCADAS. ESPERO Y RUEGO QUE PASEN UN MOMENTO DE SOLAZ ENTRETENIMIENTO.

lunes, 2 de enero de 2017

WALKING DEAD

WALKING DEAD

Las figuras fantasmagóricas van apareciendo una tras otras entre la bruma de la madrugada que se enseñorea por las deshabitadas calles de la ciudad…van avanzando de a pocos, con pausas, arrastrando los pies descoordinadamente, trastabillando por las irregularidades del suelo y procurando mantener el equilibrio…algunos dan tumbos en las paredes mientras que voces guturales e indistinguibles de protesta brotan de sus bocas cubiertas de saliva espesa… Los rostros pálidos y con ojeras pronunciadas se encuentran encubiertos por las cabelleras apelmazadas por el sudor…Los ojos enrojecidos lanzan miradas inexpresivas y perdidas…avanzan sin percatarse que muchos de ellos han perdido uno o los dos calzados durante la marcha…caminan instintivamente y todos convergen hacia los lugares entronizados por el tiempo en el fondo de sus embotados cerebros: Levantan uno de sus brazos señalando con su índice oscilante a los escasos puestos que expenden el reparador caldo de gallina…la sola imagen de esos huariques les imprimen  vigor a los que se han quedado de amanecida celebrando el Año Nuevo y temerariamente se lanzan a la carrera en pos de un sitio en las bancas desvencijadas apostadas alrededor de una destartalada mesa…pocos son los que logran su objetivo, y muchos resignados se aletargan y se desparraman sobre las paredes esperando su turno, en tanto que otros se acuestan sobre las aceras y se entregan a los brazos de un reparador sueño…uno de ellos, desorientado, tapándose los ojos del efecto de los rayos solares, grita imperativamente:

“¡Apaguen la luz!” 

sábado, 17 de diciembre de 2016

LOS RESTOS DE PIZARRO

LOS RESTOS DE PIZARRO

En su último año de vida, Francisco Pizarro parecía que iba a gozar al fin de los dulces frutos de sus conquistas. A pesar de los fantasmas que les perseguían a sus 63 años, el extremeño vivía feliz en su recién construido palacio de Los Reyes junto a la bella Angélica Yupanqui. Había sido un solterón empedernido, pero, empeñado en que los españoles entroncaran con la población local, se casó al final de su vida con mujeres indígenas a modo de ejemplo. Disfrutaba de cierta calma, aplastada la rebelión de su viejo aliado, Diego de Almagro, hasta que una brutal muerte le sorprendió en su palacio.

El conquistador casi sobrevivió a todo. A la ingrata tierra extremeña, al duro viaje a través del Atlántico y a una lucha contra millares de guerreros incas, pero no pudo hacer nada contra la ira de sus propios compatriotas. Cuando Pizarro pensaba que moriría de viejo rodeado de sus hijos, su esposa y sus fieles hermanos, junto a los cuales había dado muerte al traicionero de Almagro, irrumpieron los almagristas el 26 de junio de 1541, hace 475 años, en el palacio del extremeño para darle «tantas lanzadas, puñaladas y estocadas que lo acabaron de matar con una de ellas en la garganta», según la descripción de un cronista.

Terminaba con puñaladas una vida marcada por las armas y las aventura.

Nacido en la localidad de Trujillo (Extremadura), Francisco Pizarro era un hijo bastardo de un hidalgo emparentado con Hernán Cortés, que combatió en su juventud junto a las tropas españolas de Gonzalo Fernández de Córdoba en Italia. En 1502, se trasladó a América en busca de fortuna y fama, donde oyó historias sobre un rico territorio al sur del continente que los nativos llamaban «Birú» (transformado en «Pirú» por los europeos). Francisco Pizarro, de 50 años de edad, decidió unir sus fuerzas con las de Diego de Almagro, de orígenes todavía más oscuros que el extremeño, y con las del clérigo Hernando de Luque para internarse en el sur del continente.

Una vez finalizada la conquista de esa tierra mítica, las riñas internas entre los partidarios de Almagro y los de Pizarro, que luchaban por delimitar los territorios que pertenecían a cada uno de los bandos, entraron en conflicto armado en 1535. Tras un choque entre facciones, conocido como la batalla de Las Salinas, Pizarro cogió prisionero a Almagro y lo condenó a muerte. El conquistador suplicó por su vida, a lo cual respondió uno de los hermanos de Pizarro, Hernando, diciendo: «Sois caballero y tenéis un nombre ilustre; no mostréis flaqueza; me maravillo de que un hombre de vuestro ánimo tema tanto a la muerte. Confesaos, porque vuestra muerte no tiene remedio». Finalmente, fue ejecutado el 8 de julio de 1538 en la cárcel por estrangulamiento de torniquete y su cadáver decapitado en la Plaza Mayor de Cuzco.

En medio de la relativa calma que siguió a la muerte de Almagro, Francisco Pizarro seguía conservando su vitalidad, jugaba a los bolos y a la pelota a diario, así como sus hábitos y vestimentas austeras.

«Usaba un sayo de paño negro con los faldamentos hasta el tobillo y el talle a los medios pechos y unos zapatos de venado blancos y un sombrero blanco y su espada y su puñal a la antigua», describe Agustín de Zárate sobre la despreocupada ropa de Pizarro, que vestía a la antigua, esto es, como en otro tiempo. A sus 63 años, el extremeño ya era un anciano, un hombre de otro tiempo que disfrutaba mezclándose con el pueblo y observando cómo la ciudad de Lima crecía un poco más cada día.

Lo cual no significa que Pizarro esperara ocioso el final de sus días. Como explica la historiadora Carmen Martín Rubio –autora de «Francisco Pizarro: el hombre desconocido» (Ediciones Nobel)–:

«El decreto dado al teniente de Arequipa el 7 de mayo de 1541, sobre mes y medio antes de su muerte, atestigua fehacientemente la fuerza física y mental que Pizarro poseía en esos momentos. (…) tenía determinado comenzar en el próximo verano otra guerra contra el Inca (Manco Inca); es decir, unos seis o siete meses más tarde...».

Y entonces le llegó la muerte. Ante las amenazas de muerte que le llegaban de los partidarios de Diego de Almagro el Joven, hijo de su antiguo compañero de armas, Pizarro aumentó la seguridad en su palacio y, tal vez por estos temores, el día de su muerte pidió que se oficiara misa en su residencia. No se equivocaba el extremeño, puesto que los almagristas le esperaban junto a la iglesia para coserle a cuchilladas. No obstante, al ver que permanecía en su palacio, el grupo armado se dirigió allí al grito de «Viva el rey, muera el traidor», provocando una enorme espantada entre los acompañantes del conquistador del Perú.

Relata Pedro Pizarro que «todos los que se hallaban en la sala salieron corriendo, incluso el teniente gobernador Juan Velázquez con su vara de mando en la boca, y que se tiraron por las ventanas que daban al río Rímac... dejando solos al gobernador, a su hermano y a dos pajes».

Un error con la tumba durante un homenaje

Francisco Pizarro y su hermano Martín murieron a manos del grupo de almagristas. El extremeño se defendió «bravamente» y fueron necesarias al menos 20 heridas de espada para acabar con su vida. Tras uno de los mayores magnicidios de la historia de la Edad Moderna, los agresores obligaron a las autoridades de Lima a nombrar gobernador al joven Diego Almagro y forzaron que Francisco Pizarro fuera enterrado de forma casi clandestina, según señala Henry Kamen, en un patio de la catedral de la ciudad. Y precisamente aquí empieza la otra parte del desgraciado ocaso de Pizarro. Las tumbas y diretes.

Como narra la historiadora Carmen Martín Rubio en su obra, Pizarro había dejado escrita su voluntad de ser enterrado «en la iglesia mayor de esta Ciudad de los Reyes, en la capilla mayor de la dicha iglesia». Con el paso de las décadas los restos de Pizarro sufrieron distintos traslados hasta que, en 1623, se decidió su definitivo emplazamiento: en la bóveda sepulcral debajo de la capilla mayor de la Catedral de Lima. Allí permanecieron hasta que, en 1881, el cabildo de la ciudad estableció una comisión para exhumar e investigar sus restos como conmemoración del 340 aniversario de su muerte.

Sin excesivo rigor, los investigadores hallaron en el lugar una momia que creyeron la de Pizarro y la colocaron en un mausoleo para la ocasión, situado en la parte derecha de la catedral. La comisión defendió que se trataba del extremeño porque, según su informe, el cadáver mostraba marcas de derrames sanguíneos producidos por heridas en la cabeza, cuello y extremidades.

Durante más de un siglo esa momia representó al conquistador del Perú y fue el objeto de sus actos de homenaje, sin que nadie sospechara que no se trataba de los restos de Pizarro. El 18 de julio de 1977, unos operarios encontraron durante unos trabajos de remodelación en la catedral una caja de plomo y otra de madera. En la de madera se hallaron huesos. Por su parte, en el interior de la de plomo había un cráneo y una inscripción inequívoca: «Aquí está la cabeza del señor marqués Don Francisco Pizarro que descubrió y ganó los reinos de Perú y puso en la real Corona de Castilla». Se abría el misterio: ¿cuáles eran los auténticos restos de Pizarro?

El final al misterio y a la polémica

Los sucesivos análisis arqueológicos no terminar de despejar el misterio sobre los restos de Pizarro. En un principio se dijo que los huesos de la caja pertenecían a un adulto, una mujer y dos niños, pero, incluso cuando el arqueólogo Hugo Ludeña aseguró que se trataba de Pizarro, la polémica siguió abierta. Al no alcanzarse un acuerdo en la comunidad científica, los investigadores decidieron abrir también la urna donde reposaba la momia del supuesto Pizarro. Dos antropólogos forenses procedentes de EE.UU. confirmaron las sospechas: aquella momia pertenecía a cualquier persona menos a un soldado del siglo XVI; en tanto, se procedió a trasladar los restos de las cajas a una capilla ubicada en la parte derecha de la catedral.

El solemne traslado no significó el final de la polémica. Distintos historiadores continuaron desconfiando de los procedimientos empleados y exigieron nuevos estudios. Tras una investigación radiológico sobre el esqueleto, a cargo de la doctora Ladis Delpino (Universidad Cayetano Heredia), se confirmó que se trataba de Pizarro en base a las 16 heridas punzo cortantes y de la huella de otras cicatrices en los huesos, que correspondía con la forma en la que murió el extremeño y con heridas documentadas a lo largo de su vida.

Y por si aún cabía alguna duda, entre el año 2006 y el 2008 el arqueólogo forense Edwin Raúl Grenwich, de la Universidad de San Marcos, realizó análisis bio-arquiométricos que parecen haber dado al fin carpetazo al misterio. No en vano, Grenwich identificó los restos como los de un hombre diestro, robusto, de 1,74 centímetros, y que al fallecer tenía entre 50 y 68 años en el momento de su muerte.


Fuente: Abc historia.

viernes, 16 de diciembre de 2016

EL VENDEDOR DE MENTAS

EL VENDEDOR DE MENTAS

¡Niños, niños…la rica menta la rica menta!

Apenas escuchábamos ese pregón, todos los alumnos de primaria nos agolpábamos a la reja de la escuela hasta verle aparecer al octogenario vendedor de caramelos de menta artesanales. Con pasos cansinos y vacilantes marcados por esos enormes zapatones de charol deslustrados por el tiempo, se aproximaba a nosotros mientras pugnábamos para ser los primeros en ser despachados sacando nuestras manos anhelantes por entre los cocos del alambrado.

¡Niños, niños…la rica menta, la rica menta!

El abuelo de estatura elevada, de complexión fornida y abundante cabellera nívea, se recostaba resoplando en la pared sobre uno de sus hombros mientras procuraba recuperar el aliento, se enjugaba el sudor de su frente con un pañuelo blanco de dril que extraía de su gastado saco gris; acondicionaba su sombrero de jipijapa de ala amplia y se lo encasquetaba hasta hacerlo casi tocar el borde de sus cejas blancas que servían de arcos a un par de ojos opacos, de los cuales manaban unos regueritos de lágrimas persistentes que se desbordaban por los costados externos de sus párpados y que él procuraba limpiarlos disimuladamente con las mangas deshilachadas de su camisa; posteriormente se acomodaba los tirantes que cruzaban su pecho amplio de atleta retirado y se aseguraba que estuvieran sosteniendo bien a sus pantalones color caqui llenos de zurcidos en las rodillas y los costados de sus muslos.

¡Niños, niños...la rica menta, la rica menta!

Con toda la velocidad que le permitían sus anquilosadas articulaciones, abría el bolso de junco que llevaba terciado y que contenía las anheladas golosinas que había preparado desde las 4 de la madrugada.

¡Niños, niños…la rica menta, la rica menta!

Repartía las golosinas y recibía el dinero que guardaba despreocupadamente en uno de sus raídos bolsillos del saco…ni siquiera se molestaba a revisar si lo que le pagaban era la suma correcta o de si alguien en realidad le había pagado el importe, sólo metía la mano dentro de su morral y sacaba por puñados los caramelos que distribuía con profusión a todo aquel que lo requiriera…

¡Niños, niños…la rica menta, la rica menta!

Conforme iba terminando su mercancía, la agitación iba apoderándose de su ser, al extremo de apenas ser audible su austera y monótona proclama de mercader…y siempre con una sonrisa que se traslucía en su mirada glauca, se despedía hasta el día siguiente en que volvería anunciando a sus caramelitos de menta, con su paso cansino, sombrero de chalán, tirantes de cuero y sus enormes zapatones de suela de llanta de camión…


El ¡Niños, niños…la rica menta, la rica menta! no se volvió a escuchar más…la costumbre de verle a la hora de nuestro recreo nos hizo extrañarle a niveles incomprensibles para los que no sabíamos aun de la pérdida de seres queridos o de simplemente conocidos…ahora sé que el señor de las mentas nunca las hizo para ganarse el sustento: Lo que buscó y quiso fue algo más valioso que ahora entiendo y procuro atesorar cada día, y esas son la Amistad y Compañía…  

miércoles, 14 de diciembre de 2016

LA CAPTURA DE ATAHUALPA

LA CAPTURA DE ATAHUALPA

El sábado 16 de noviembre de 1532 Pizarro preparó a sus hombres. La misión no era fácil, pues sabía que Atahualpa llegaría protegido por su escolta personal e infinidad de sirvientes, por lo que ordenó a sus hombres que estuvieran preparados para cualquier eventualidad; ideó un plan de forma que sus hombres pudieran esconderse en los tres edificios que flanqueaban la plaza de la ciudad (un cuadrado de 200 metros de largo por 200 de ancho al que solo se podía acceder por tres entradas). Su objetivo era sencillo: contar con el factor sorpresa, atacar de improviso y hacerse con el emperador. Eso garantizaría la dispersión del ejército enemigo y les permitiría cobrar una importante suma a cambio de la vida del líder. Y el oro.

Para empezar, Pizarro dividió a sus jinetes en tres grupos. Cada uno de ellos de unos veinte hombres al mando respectivamente de Hernando de Soto, Hernando Pizarro y Sebastián de Benalcázar. Estas unidades (escondidas en los soportales de los edificios que rodeaban la plaza) serían las encargadas de servir como fuerza de choque principal y tratar de contener al enemigo. Algo nada descabellado si consideramos el miedo que todavía causaban los caballos entre la población.

«De las conquistas en todo el Nuevo Mundo tuvieron los indios que el caballo y el caballero eran toda una pieza, como los centauros de la época. […] Comúnmente los indios tienen grandísimo miedo a los caballos; en viéndolos correr, se desatinan de tal manera que, por ancha que sea la calle, no saben arrimarse a una de las paredes y dejarle pasar», se explica en «Comentarios reales de los Incas» (de Garcilaso de la Vega).

Pizarro, por su parte, se ubicó en un edificio junto a una veintena (entre 20 y 24) de soldados. Una especie de guardia personal cuyo objetivo sería capturar a Atahualpa en el caso de que hubiera posibilidades. A su vez, otro nutrido grupo de infantería (aproximadamente otros 20) tendría que cortar la retirada del emperador cerrando las tres entradas que daban acceso a la plaza.

«En otro edificio de la plaza, Pizarro dispuso al artillero griego Pedro de Candía con sus cuatro cañones y ocho o nueve arcabuces, además del resto de la infantería. Dado que la mayoría de los españoles estarían escondidos dentro de los edificios, siendo prácticamente imposible para ellos ver lo que ocurría en la plaza, el fuego de artillería sería la señal preestablecida para atacar», añade el hispanista en su obra.

Al igual que sucedía con los jinetes, la pólvora solía causar terror en los indios. Y eso a pesar de que, los arcos eran mucho más efectivos que los arcabuces.

Como explica José María González-Ochoa en su obra «Breve historia de los conquistadores españoles», Pizarro dio órdenes a todos sus hombres de quedarse quietos en espera de la señal de ataque (un disparo y el grito de «Santiago y cierra España»). Los únicos que deberían acudir al encuentro de Atahualpa serían Vicente de Valverde (fraile dominico de treinta y tantos años) y su intérprete Felipillo.

Oficialmente, el religioso tendría que tratar de convencer al inca de que se convirtiera al cristianismo (algo que, objetivamente, nadie consideraba viable).

La llegada a la plaza

El día 16, mientras los españoles esperaban con una mezcla de ansiedad y nerviosismo, Atahualpa hizo su llegada a Cajamarca acompañado (atendiendo a las diferentes fuentes) por entre 8.000 y 40.000 hombres. Cuando el sol se encontraba en lo más alto del cielo, el emperador ordenó partir hacia la plaza en busca de Pizarro.

Y lo hizo sabiendo que su hermano Huáscar había caído presa de sus ejércitos. El día no podía empezar mejor. Ya solo le quedaba aniquilar a aquellos molestos invasores para poder reinar sin mayores dificultades en su extenso territorio.

Según explica en sus crónicas Pedro Pizarro (primo de Francisco), Atahualpa iba subido en una rica litera (la cual contaba con almohadas de pluma de papagayo) y rodeado por cientos de combatientes que formaban en falanges:

«Dos mil indios iban delante de él, barriendo el camino [empedrado] por el que viajaba. […] Llevaban tal cantidad de servicio de mesa de oro y plata que era maravilloso verlo brillar bajo el sol […] Delante de Atahualpa iban muchos indios cantando y bailando».

En principio, la comitiva se detuvo en las afueras de la ciudad. Una mala noticia para los españoles, que habían preparado su trampa en el interior de la plaza. Por suerte, Pizarro solventó esta dificultad enviando a uno de sus hombres (Pedro de Aldana) hasta el campamento de Atahualpa. Este, a pesar de no tener ni idea de cómo debía comunicarse con aquellos indios, logró hacerles entender por señas que su jefe les esperaba para «parlamentar» dentro de la plaza. Picaron el anzuelo y, al poco, unos 600 indios accedieron a la construcción por lo reducido de las dimensiones de la plaza.





«Ochenta señores llevaban [al señor inca] sobre sus hombros, y todos llevaban uniformes muy ricos de color azul. El propio Atabilpa iba vestido muy ricamente, con su corona en la cabeza y un collar de grandes esmeraldas alrededor del cuello. Iba sentado sobre un pequeño asiento que tenía un suntuoso cojín», señalaba Miguel de Estete, otro de los combatientes que acompañó a los Pizarro en la expedición.

Mientras Atahualpa entraba en la plaza, algunos españoles se orinaron encima por el miedo. Y es que, aunque eran valientes y sabían que debían combatir, no estaban locos.

El fraile enfadado

Cuando Atahualpa llegó a la plaza, no había ningún enemigo a la vista. Tan solo pudo observar cuatro extraños cilindros de bronce (los cañones) que se hallaban en un extremo. La plaza parecía estar virgen de españoles. Y así fue hasta que, de un edificio cercano, salieron dos figuras. Una de ellas vestida con una túnica (el padre Valverde) y el intérprete, Felipillo. El primero llevaba en su mano un crucifijo y un libro de oraciones (objeto que jamás habían visto los indios).

Tras acercarse al emperador, Valverde se dispuso a leerle el manifiesto que -por norma- tenía que proclamarse en todos y cada uno de los lugares se planeaban conquistar. Aquel documento era el llamado «Requerimiento». Y en él se afirmaba (básicamente) que, o se rendían y daban todas sus posesiones al rey Carlos V de España, o se podían preparar para ser aniquilados.

Captura de Atahualpa

Esto era lo que se prometía hacer en el manifiesto si los incas no se rendían:

«Os certifico que, con la ayuda de Dios, entraremos poderosamente contra vosotros, y os haremos guerra por todas partes y maneras que pudiéramos, y os sujetaremos al yugo y obediencia de la Iglesia y Su Majestad, y tomaremos vuestras personas y de vuestras mujeres e hijos y los haremos esclavos, y como tales los venderemos y dispondremos de ellos como Sus Majestades mandaren, y os daños que pudiéramos. ¡E insisto que las muertes y los daños que de ello siguiesen serán vuestra culpa!».

A continuación, se sucedió una conversación entre ambos que provocó el aumento de tensión:

Atahualpa - «Estoy bien instruido en lo que habéis hecho en el camino y de cómo habéis tratado a mis caciques y robado las casas».

Valverde - «Los cristianos no han hecho eso. Sino que habiéndose algunos indios llevado sus efectos sin que el gobernador lo supiese, éste los ha despedido».

Atahualpa - «Pues bien. No me moveré de aquí hasta que todo me sea devuelto».

Después de que Felipillo tradujera aquellas desafortunadas palabras (suponemos que no demasiado bien, pues Atahualpa no terminó de enfadarse), el fraile acercó al rostro de su sagrada majestad un libro de oraciones. Desconocemos también para qué, pues aquel personaje jamás había visto uno y desconocía hasta cómo se abría. En todo caso, al líder inca no debió gustarle que invadieran su espacio personal, pues le dio un sopapo al sacerdote.

Se desata el caos

No había ya posibilidad de parlamento, así que Pizarro se limitó a dar la orden de ataque. A los pocos segundos, Pedro de Candía detonó sus cañones y, a base de bala y metralla (y entre un tremendo estruendo) empezó a aniquilar incas. Sus arcabuceros hicieron otro tanto y, apoyados en trípodes, comenzaron a llenar la plaza de humo con sus continuos disparos. El tronar fue brutal y, como cabía esperar, también lo fue el desconcierto de los enemigos.

Acto seguido, los jinetes espolearon a sus caballos para lanzarse contra la muchedumbre mientras, por su parte, los hombres de retaguardia cerraban las tres entradas a la plaza. Los incas habían quedado atrapados en una ratonera.

«Los españoles empezaron a acuchillar, empalar, rajar, soltar hachazos y hasta a decapitar a cuantos indígenas tenían al alcance, utilizando sus afiladísimos puñales, lanzas y espadas».

La vista de los jinetes (enfundados en una coraza y acompañados de sus espadas) causó auténtico pavor entre los incas. De hecho, el terror cundió de tal manera que las primeras líneas de las formaciones se dieron la vuelta y -con gran empuje- iniciaron una retirada desesperada a cualquier precio. La avalancha fue tan grande que, en su intento desesperado por escapar, los hombres de Atahualpa aplastaron a los compañeros que estaban ubicados tras ellos. Decenas murieron asfixiados o bajo los pies de sus amigos mientras los españoles seguían avanzando hacia el emperador a base de espada.

Pizarro, al ataque
Pizarro tampoco se quedó atrás. Como bien explica el cronista Francisco de Jerez, se lanzó a la carga con sus hombres:

«El gobernador se armó [...] y con los españoles que con él estaban entró por medio de los indios; y con mucho ánimo, con los cuatro hombres que le pudieron seguir, llegó hasta la litera donde Atabilpa estaba, y sin temor le echó mano del brazo izquierdo, diciendo: “Santiago” [pero] no le podía sacar de las andas [la litera]».

Bajo la litera, el líder español acabó con todos los curacas y señores que estaban dispuesto a seguir sujetando la silla de su emperador aun a costas de sus vidas.

Su furia llegó a ser tal que cercenó varias cabezas de nativos. Sin embargo, siempre había otro que ocupaba el lugar del primero para evitar que Atahualpa fuese capturado.

«Continuaron de esta guisa mucho tiempo, luchando y matando indios hasta que, casi exhausto, un español intentó apuñalar a Atahualpa con su cuchillo. Pero Francisco Pizarro paró el golpe y al hacerlo el español que quería matar a Atahualpa hirió al gobernador en la mano», explica Pedro Pizarro en sus crónicas.

Parecía que no había forma de capturar vivo a Atahualpa. Sin embargo, la situación cambió drásticamente cuando siete jinetes -decididos como estaban a terminar de una vez con aquella batalla- se lanzaron en tropel contra la litera para ayudar a Pizarro. Tras acabar con los que se atrevieron a interponerse en su camino, lograron ubicarse cerca de la silla del líder inca y arremeter contra ella. La fuerza fue tanta que lograron finalmente volcarla.

Así fue como acabó todo ya que, aprovechando que el rey estaba en el suelo, los conquistadores españoles se lo llevaron hasta unos aposentos cercanos, donde lo encerraron.

Posteriormente, los jinetes iniciaron la persecución del ejército contrario. Dirigieron sus espadas especialmente contra aquellos que tenían ricos uniformes, por considerarlos los de mejor posición.

«Los españoles los persiguieron por todas partes. […] No murió ningún español», explica Henri Lebrún en su obra «Historia de la conquista de Perú y de Pizarro». Por el bando de Atahualpa las cifras son varias, pero se cree que unas 4.000 personas perdieron la vida.

Hacia la muerte

Después de la toma de Cajamarca y la victoria contra los incas, Pizarro mantuvo preso a Atahualpa, aunque simulando que era su huésped. En un intento de escapar, el emperador prometió al extremeño pagar su libertad. Según las crónicas, prometió llenar

«de oro una sala que tiene veinte y dos pies en largo y diez y siete en ancho, llena hasta una raya blanca que está a la mitad del alto de la sala, que será lo que dijo de altura de estado y medio, y dijo que hasta allí henchiría la sala de diversas piezas de oro, cántaros, ollas y tejuelas, y otras piezas, y que de plata daría todo aquel bohío dos veces lleno, y que esto cumpliría dentro de dos meses».

Pizarro aceptó, pero cuando vio cumplidos sus deseos de oro se negó a liberar a Atahualpa. Con todo, envió a 60 de sus hombres junto a su hermano Fernando para relatarle al monarca español lo sucedido y entregarle su parte de las riquezas. Un número inconmensurable, en palabras de los expertos. Posteriormente hizo un juicio al inca en el que él y otros oficiales ejercieron como jueces. En principio, se le condenó a ser quemado vivo, pero antes de fallecer abrazó la religión cristiana. Al final, tras ser bautizado se le conmutó la pena y terminó siendo ahorcado.

Fuente:

Manuel P. Villatoro – Abc historia

lunes, 28 de noviembre de 2016

EL DÍA EN QUE MÁS DE 10 MIL CUBANOS SE REFUGIARON EN LA EMBAJADA PERUANA EN CUBA.

EL DÍA EN QUE MÁS DE 10 MIL CUBANOS SE REFUGIARON EN LA EMBAJADA PERUANA EN CUBA.
(Narrado por Zoía Bodero de Gonzales y escrito por Drusila Zileri)

Fue un 1° de abril de 1980, que un ómnibus con 12 cubanos a bordo embistió violentamente las rejas de nuestra sede diplomática. Esto provocó una reacción de los guardias cubanos que vigilaban la Embajada y en el tiroteo uno de ellos, Pedro Ortiz, perdió la vida por el rebote de una bala disparada por otro compañero setentidós horas más tarde, y en un lapso de dos días, la Embajada del Perú estaría asilando a más de 10.800 cubanos que buscaban desesperadamente salir de la isla.

MEMORIAS DE UNA PERUANA QUE VIVIO LA CRISIS

Zoía Bodero de González recuerda como si hubiese sido ayer lo vivido en la Embajada del Perú en La Habana en 1980.

En 1976, a la edad de 18 años, había empezado a trabajar como secretaria del Consulado. Su madre, peruana también, ya lo hacía. Era la época, recuerda, en que Perú y Cuba tenían las mejores relaciones.

"Sin embargo", sostiene, "es en 1978 en que empieza a darse un cambio radical dentro de la sociedad cubana". Fue cuando aquellos que lograron irse de la isla en 1959 o a principios de los años '60, al inicio de la revolución de Fidel Castro, comienzan a visitar Cuba. Fue en el curso de una primavera diplomática con la administración de Jimmy Carter e incluyó un intercambio de oficinas comerciales con los Estados Unidos. La mayoría de los visitantes vivía en los Estados Unidos e ingresaba a Cuba cargando bienes y dinero que en la isla no existían. "Los cubanos percibieron más que nunca ese otro tipo de vida fuera de Cuba, y lo que les faltaba" explica Zoía.

Esta exposición a la afluencia material provocó una oleada de impaciencia e irritación y en el transcurso de 1979 se dio una epidemia de casos de cubanos intentando ingresar a embajadas en la Habana con el fin de solicitar asilo político. "Ninguna de estas situaciones era difundida por la prensa oficialista", dice Zoía, "por lo embarazoso que resultaba para el régimen, pero en Cuba todo se sabe".

"El primero que ingresó a la Embajada del Perú fue Ángel Gálvez un policía de tránsito...".

Ya había habido otras intentonas en varias embajadas cercanas, la mayoría de las cuales quedaba en la 5ta Avenida, pero unos cuantos tiros al aire resultaban disuasivos. Sin embargo, ya a fines de ese año la Embajada del Perú recibió a su primer asilado. Ángel Gálvez era un policía de tránsito, cuenta Zoía, que había hecho amistad con los milicianos que resguardaban la sede diplomática. En varias ocasiones se le había visto llegar con su moto y de uniforme. Y en esa ocasión fue lo mismo. "Llegó en su moto, se puso a conversar con uno de los guardias y de buenas a primeras brincó la cerca, ingresó y pidió asilo con uniforme y todo. Eso fue algo que todo el mundo supo, pero inicialmente no se difundió".

17 DE ENERO, 1980: ENTRA EL PRIMER AUTOBUS

Con Gálvez dentro, y a eso de las 8:25 de la noche del 17 de enero de 1980, ocurrió el primer ingreso violento. Zoía recuerda el momento en que las ráfagas de metralleta obligaron a todos a tirarse al suelo. "Los gritos eran ¡entraron!, ¡entraron!" En ese momento, un ómnibus de buen tamaño con 12 a bordo, 4 hombres, 3 mujeres y 5 niños, derribó las rejas de entrada, y se internó en el jardín. "Salimos y vimos el bus, pero a nadie adentro. Nos preguntamos, ¿dónde están? Y poco a poco comenzaron a salir". Se habían tirado al piso, ya que tenían reforzadas las paredes del vehículo con sacos de arena. "Los hombres reían y las mujeres lloraban", cuenta Zoía. "Sin embargo, ni ellos ni nosotros sabíamos lo que iría a pasar".

Cuatro días más tarde, Edgardo de Habich Rospigliosi, el entonces embajador del Perú en La Habana, llegó a un acuerdo con el gobierno de Castro y permitió que fuerzas especiales cubanas ingresaran armadas a la Embajada y sacaran al grupo de sus predios - supuestamente para que tramitaran sus visas al Perú desde sus casas -.

"Eso le costó el puesto a De Habich", dice Zoía González, "El acuerdo de De Habich se había efectuado sin la autorización de la Cancillería del Perú. Inmediatamente nuestro ministro de Relaciones Exteriores, Arturo García y García, envió un cable diciendo que los reintegrara a los 12 sobre la marcha".

Este reingreso se produjo el 23 de enero en horas de la madrugada para que el gobierno cubano no se enterara, cuenta Zoía. La mayoría pertenecía a una familia y la operación se realizó con vehículos diplomáticos. De Habich, mientras tanto, fue retirado de la Embajada.

"Allí es cuando empezaron a resquebrajarse las relaciones entre Perú y Cuba".

A finales de enero, y ya sin Habich, llegó Ernesto Pinto Basurco a La Habana como Encargado de Negocios, mientras Gustavo Gutiérrez permanecía como Cónsul General. A mediados de febrero entraron tres cubanos más caminando, dos mujeres y un hombre, y el 28 de marzo irrumpió un segundo autobús con otros tres. Pero fue el incidente del 1° de abril el que desató la crisis.

1° DE ABRIL, 1980: SE DESATA LA CRISIS

A eso de las 4:45 p.m. de ese Viernes Santo, Zoía González escuchó una ráfaga de metralleta. Ella se encontraba a dos cuadras, camino a su casa, "No pensé que era en nuestra Embajada, ya que sólo días antes habíamos recibido a esos tres nuevos asilados". Sin embargo, después se enteró por su suegra y las noticias que había un muerto en la embajada peruana.

Un tercer autobús había ingresado a la sede tumbando rejas, también con 12 cubanos a bordo. "La peculiaridad de este vehículo", explica Zoía, "era que lo habían laminado con acero para protegerse de las eventuales balas". Los guardias cocieron al bus a balazos, pero sólo el chofer resulto herido en la nalga y una pierna.

Sin embargo, una de las balas disparadas por un miliciano rebotó e impactó a un compañero hiriéndolo de muerte. Y a pesar de que se comprobó que ninguno de los 12 asilados estaba armado, el gobierno cubano insistió que se trataba de un asesinato por parte de "delincuentes" amparados por la Embajada del Perú.

"Como el gobierno quería limpiar la mala imagen que causaba tanta gente fugando de Cuba, salieron con la versión que uno de los asilados había matado al pobre Pedro Ortiz, que era un buen muchacho que trabajaba allí, y lo elevaron a calidad de héroe de la revolución", cuenta Zoía.

El ambiente era sumamente tenso y el caso de Zoía González, era muy delicado. Casada con cubano dos años antes, los funcionarios de la Embajada le habían advertido que ni se acercara su esposo por allí, "Si bien estábamos viendo todos los medios para sacarlo de Cuba, sabíamos que ésta no era la forma. Las represalias serían muy severas y el gobierno cubano jamás le daría el permiso de salida como asilado".

Transcurrieron dos días de negociaciones en que el gobierno cubano insistió que los 12 fuesen entregados. El Perú se mantuvo firme en su negativa.

Entonces el 4 de abril, Viernes Santo, a eso de las 4 de la madrugada, Fidel Castro ordenó retirar la seguridad que custodiaba la Embajada y lanzó el famoso comunicado que provoca el descalabro, "Fidel anunció por la radio, la televisión y los periódicos que la Embajada del Perú no tiene custodia y que todo aquel que esté descontento se puede ir", precisa Zoía González.

"Y Cuba nunca se imaginó la cantidad de gente que iba a entrar... Creo que fue el peor desatino que Fidel tuvo en su vida".

Cuando Zoía llegó a la Embajada en la mañana de ese 4 de abril se encontró con que no había guardias y que la sede estaba totalmente rodeada con enormes piedras. De inmediato se comunicaron con el Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba para pedir explicaciones. Según cuenta, los que hasta hace una semana eran casi amigos, ese día contestaban con sarcasmos y sin ninguna explicación clara.

A los primeros que vio entrar después del comunicado fue un grupo de 10 estudiantes de la Universidad de La Habana y miembros activos de la Juventud Comunista. Eso fue a las 9 a.m., pero para la medianoche ya había más de 500 asilados. "Gente que llegaba en ropas de baño de la playa, incluyendo un señor que me preguntó que para qué era la cola, qué se vendía". "A eso de las 3 a.m. del día siguiente", continúa Zoía, "me vuelvo a encontrar con ese mismo señor y le pregunto bromeando: ` Y, señor, ¿qué compró?' Y él me respondió: `Compré mi libertad, señorita', presentándome acto seguido a su esposa y dos hijos"

Entonces se sumaron miles. Pasaban taxis frente a la Embajada y los asilados les daban papelitos con las direcciones de sus familiares para que los recogiesen y los trajeran de vuelta. "Había otros", dice, "que llegaban con trajes largos y vestidos de etiqueta, bodas o fiestas, veían el ambiente y luego volvían con sus familias en blue jeans y zapatillas".

A ESO DE LAS 10 P.M., APARECE FIDEL CASTRO

Fidel Castro se apareció en la Embajada del Perú a eso de las 10 p.m. del segundo día en su característico automóvil negro custodiado por cuatro Alfa Romeos rojos. Se detuvo en la puerta de la sede y salió Ernesto Pinto, el Encargado de negocios. Zoía González estaba a su lado. "Algo me llamó la atención" recuerda. "Había cientos de asilados pegados a la cerca, pero cuando Fidel se bajó del auto, esta gente empezó a retroceder. El silencio era sepulcral", dice. "Yo por dentro pensaba, ¡qué cobardes que son! ¿Por qué no le gritan? ¿Por qué no le dicen algo si allí lo tienen en frente?"

Castro se llevó a Pinto en su auto. Para ese entonces ya los hijos del Encargado de negocios habían sido trasladados a la Embajada de México. Sólo quedaba su mujer Lili. Después de largo rato retornó Pinto y anunció que se tenía que ir de inmediato con su familia a Lima. "Pinto nunca nos dijo qué iba a pasar. Lo único que nos indicó fue que destruyéramos todo lo confidencial y secreto que pudiera haber". Y eso hicieron Zoía González y los demás. En la tina de un baño en el segundo piso, el único lugar adonde los asilados no entraban, hicieron una hoguera y lo quemaron todo. "Y fue el propio Fidel que proporcionó un avión para que Pinto se fuera a Lima, lo que provocó que no lo dejaran regresar más a su puesto en La Habana".

"A veces había un silencio tan grande, pero tan grande, que yo decía, aquí no puede haber 10.803 personas.

Y de buenas a primeras uno se ponía a cantar el himno nacional y todos cantaban".

Ya para el domingo 6 de abril en la madrugada, habían entrado los 10.803 cubanos y es cuando Cuba se ve en la situación de tener que reestablecer la seguridad. En esas 48 horas, recuerda Zoía, ocurrieron situaciones increíbles. Una mujer, por ejemplo, anunció que acababa de dar a luz. Cuando Zoía se acercó para informarse, ésta y su madre de inmediato solicitaron un avión para que las trasladase de inmediato al Perú, ya que la criatura había nacido en territorio peruano. Por ende, era peruana y ellos como familiares se amparaban bajo las leyes migratorias. Pero se descubrió que el niño había nacido en un hospital un día antes, y que sin autorización médica fue sacado con sábanas ensangrentadas y todo, e introducido así a la Embajada.

Entre risas Zoía recuerda otro caso, "Un hombre que durante todo el tiempo que estuvo en la Embajada permaneció envuelto en la bandera peruana. Decía que nunca le iban a disparar porque un país no podía disparar a otro, y él, como estaba envuelto en la bandera peruana, era el Perú".

Y los 22 de años de Zoía levantaron pasiones entre algunos con inclinaciones artísticas, quienes, a veces en el papel membretado de la Embajada, le escribían poemas.

Recuerda también cómo los asilados en su desesperación se empezaron a apoderar de todo lo que estaba a su alcance. Algunos tomaban agua en las copas de bacará, aquellas que había utilizado el mismísimo Fidel en sus visitas protocolares. Otros se envolvían en los manteles de hilo para protegerse del frío. El escritorio de Zoía fue hecho trizas y utilizado como leña.

"¿Cómo íbamos a controlar la situación? Éramos dos funcionarios diplomáticos, 4 PIPs y 3 secretarias".

Zoía recuerda cómo el enviado de CARETAS en ese entonces, César Hildebrandt, se le escabulló prácticamente entre las piernas y se metió a la Embajada. "Yo ya sabía quién era Hildebrandt. Además, los de la PIP me habían dicho: `César Hildebrandt está allá abajo y ni loca lo dejes entrar'. Pero cuando se lo dije, me miró y exclamó: `Cómo que no me va a dejar entrar. Si éste es territorio peruano. Levantó su pasaporte, me empujó y pasó".

Lima enviaría entonces a un equipo de 9 personas liderado por Armando Lecaros, Ministro Consejero, 4 funcionarios más y 4 PIP. Lecaros y Jorge Voto Bernales se encargaron de las negociaciones y, entre otras cosas, de repartir las 2.000 cajitas de comida que el gobierno cubano donaba para los 10.803 asilados.

En esos días, cuenta González, se pensó que había algún infiltrado en nuestra delegación ya que cualquier negociación era inmediatamente comentada vox populi entre la multitud. Poco después se descubrió que uno de los asilados, un ex trabajador de la compañía de teléfonos de Cuba, había retirado uno de los aparatos de la residencia y se las había ingeniado para enganchar este dispositivo en una de las carpas del jardín. "Por allí oían absolutamente todo lo que se conversaba entre los altos funcionarios de ambos países a puerta cerrada", recuerda. El teléfono fue devuelto cuando se le amenazó con entregarlo al gobierno cubano si no aparecía en menos de 10 minutos. El aparato se materializó dentro de una bolsa.

Finalmente, ante la presión internacional y el ofrecimiento de varios países como Canadá y Costa Rica dispuestos a recibir asilados, el gobierno cubano comenzó a ceder.

El 10 de abril Cuba anunció que todo aquel que quisiera tramitar su viaje saliera de la Embajada del Perú con un salvoconducto que les garantizase dicho trámite. Sin embargo, Zoía González asegura que menos del 50 % logró hacerlo y en la Embajada, quedaron más de 1.000 personas durante 4 meses.

Tiempo después y en base al comunicado inicial de Castro que sugería que toda persona descontenta podía irse si así lo deseaba, se inicia el éxodo masivo de cubanos por el Puerto del Mariel en La Habana. En un lapso de 8 semanas, más de 125.000 personas así lo hicieron.
"Yo te diría con toda seguridad después de haber vivido en Cuba, que podría haber cuatro Marieles más, pero que Fidel seguirá allí …Él tiene hipnotizada a parte de la población y, claro, ha sembrado el pánico".
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Post data
•El policía Ángel Gálvez, el primero en asilarse en la Embajada del Perú, aún permanece en Cuba. Nunca se le dio el permiso de salida.
• En junio de 1980 llegaron al Perú 450 cubanos, cifra que aumentó a 742 para agosto. La mayoría fue instalada en un campo de refugiados en el Parque Túpac Amaru de San Luis.
• Otros lograron asilarse en Canadá, Costa Rica, Bélgica, Suecia y Venezuela.
• Zoía González y su esposo Pablo González junto a su hijo Emmanuel salieron de Cuba en 1986 rumbo a Corea, en donde Zoía trabajaría de secretaria en la Embajada del Perú. En tránsito por Nueva York, su esposo solicitó asilo político. Vivieron en Nueva York unos meses y luego se trasladaron a Miami en donde actualmente residen.

• 26 de los primeros ingresantes quedaron 4 años en una casa que alquiló la Embajada bajo su protección, pero ahora varios de ellos también viven en Florida.

jueves, 24 de noviembre de 2016

CHÓCALA A LA SALIDA…

CHÓCALA A LA SALIDA…

En nuestra época, era usual que las diferencias por “X” motivos que no se resolvieran por medio de discusiones y que generaban encono entre los protagonistas, se resolvieran indefectiblemente por medio de una sesión pugilística de manera subrepticia en una recóndita plazoleta en el Casa Grande de aquel entonces: La Maracaná.

Aquella vez le tocó a Hernán Nureña Díaz @ “Mata chanchos”, adolescente de espigada estatura y rostro aniñado que le favorecía las conquistas entre el sexo femenino; y “Papo” Pasiche Reátegui, zambo retinto de mirada socarrona y andar de pingüino, muy ufano de sus recargados pectorales producto de practicar “planchas” infinitas cada día. Ambos eran la dupla de palomillas del salón, los mataperros de los libros de la época de oro como las descritas en “Las aventuras de Tom Sawyer”, sin embargo, ambos se fijaron en la misma adolescente que les hizo un guiño con esos ojos de gacela que les encandiló los ánimos y dejó aflorar sus ímpetus de machos: A partir de ese momento comenzaron a mirarse con recelo y a decirse indirectas con cachita, hasta que al poco tiempo llegaron las palabras de grueso calibre y decidieron mostrarse beligerantes en toda regla, poniéndose uno frente al otro con los rostros congestionados y los ojos inyectados de sangre, empujándose con los pechos mientras se gritaban sin quitarse la mirada, en tanto que los circunstanciales testigos prorrumpieron con los clásicos aullidos sazonados del estribillo: “¡Bronca, bronca, bronca!”.

El encuentro se pactó a la salida en la Maracaná. Cada uno llegó rodeado de sus simpatizantes y por puntos de entrada contrarios. Ambos se miraron desafiantes, encargaron sus cuadernos con sus partidarios y comenzaron a avanzar dando unos pequeños rodeos, como dos gallos de pelea, lanzándose estudiadas miradas cargadas de odio…hasta que se precipitaron uno al otro.

Un derechazo de Mata-chanchos en la mandíbula de Papo lo hizo trastabillar, éste se recuperó de inmediato y contra atacó con un gancho en el estómago que hizo doblarse en toda su altura a Hernán y le quitó el aire de triunfalismo. Se separaron por segundos y volvieron a acometerse intercambiando golpes y esta vez, sin separarse ni moverse de sus sitios, soportando ambos las andanadas mutuas a pie firme. Después de unos segundos, tuvimos que intervenir…al separarse, Hernán tenía el pómulo derecho hinchado y Papo la rotura del tabique nasal, del cual manaba abundante sangre por una de las fosas y manchando la camisa blanca del uniforme único escolar.

¡Ya basta! ¡Dense la mano como “patas”! ...eso es…ya déjense de huevadas y que la “jerma” elija a quien quiera – dijo uno que era brigadier de aula.


Mata chanchos y Papo se miraron frente a frente, y sin poder contenerse, rompieron en risa al ver sus fachas lamentables…y abrazados hombro con hombro, fueron de regreso a la calle Tren.

lunes, 14 de noviembre de 2016

LOS 5 GENIOS (¿LOCOS?) MÁS INTERESANTES DE LA HISTORIA

LOS 5 GENIOS (¿LOCOS?) MÁS INTERESANTES DE LA HISTORIA

Jordan B. Peterson, profesor de Psicología de la Universidad de Toronto, publicó un estudio en el que relacionaba el estrecho margen que hay entre la locura y la genialidad, a pesar de que nunca se ha podido llegar a demostrar a ciencia cierta vínculo alguno entre “ser un genio” y “tener una conducta bipolar”.

A raíz de dicho informe, la web “¿How Stuff Works?” ha publicado un Top con los que, a su parecer, son los 5 Genios locos más interesantes de la historia (Top 5 Mad Geniuses).
Empezando en orden inverso:

John Forbes Nash (1928- )

Matemático estadounidense. Recibió el Premio Nobel de Economía de 1994 por sus aportes a la teoría de juegos y los procesos de negociación, junto con Reinhard Selten y John Harsanyi.
La vida de John Forbes Nash ha inspirado una biografía y película de extraordinario éxito: “Una mente maravillosa” (“A beautiful mind”).

A los veintinueve años se le diagnosticó una esquizofrenia paranoica que lo dejó prácticamente marginado de la sociedad e inútil para el trabajo científico durante dos décadas. Comenzó a tener delirios de grandeza y aducía que las cifras más importantes del mundo habían ido a buscarlo. Después de pasar unos 30 años luchando contra el desorden y “perdiendo tiempo” entrando y saliendo de los hospitales, tuvo una importante recuperación en el decenio de 1980.

Vincent Willem van Gogh (1853 -1890)

Pintor neerlandés y figura destacada del Postimpresionismo. Pintó 900 cuadros (27 de ellos autorretratos) y 1.600 dibujos, además de 800 cartas, 650 de ellas a su hermano menor Theo Van Gogh.

Pinturas, como “La noche estrellada” son rápidamente reconocibles por su singular pincelada y de expresión. Sin embargo, no fue hasta después de su muerte que Van Gogh ganó popularidad. Ahora es considerado como uno de los más grandes pintores de la historia.

Recibió los mismos nombres -Vincent Willem- que se impusieran a un hermano que nació muerto justo un año antes que él, el mismo día 30 de marzo; como si fuera un presagio de su original y atormentada existencia. El primer paisaje que vio seguramente fue el de la tumba de su hermano, ya muerto.

Es conocido por casi todo el mundo que el pintor se cortó parte de su oreja. También, supuestamente, fue un bebedor compulsivo e incluso trató de comer pintura. Se suicidó en 1890. Algunos autores de libros biográficos sobre Van Gogh, así como especialistas en psiquiatría aseguran que el pintor sufría un trastorno bipolar. Otros piensan que sufría de esquizofrenia.

También se ha llegado a analizar la pintura de Van Gogh y su arte en relación a su enfermedad mental. Por ejemplo, señalan que las típicas pautas estacionales de la psicosis y estados de ánimo de Van Gogh van relacionadas con su productividad pictórica, que también variaba según la temporada.

Edgar Allan Poe (1809 – 1849)

Escritor, poeta, crítico y periodista romántico estadounidense, generalmente reconocido como uno de los maestros universales del relato corto, del cual fue uno de los primeros practicantes en su país. Fue renovador de la novela gótica, recordado especialmente por sus cuentos de terror. Considerado el inventor del relato detectivesco, contribuyó asimismo con varias obras al género emergente de la ciencia-ficción. Por otra parte, fue el primer escritor estadounidense que intentó hacer de la escritura su modus vivendi, lo que tuvo para él consecuencias desastrosas.

Más conocido por su poema “El Cuervo”, Edgar Allan Poe escribió historias de horror compulsivas e historias de detectives. Puso gran énfasis en la forma y la estructura en sus cortas y tensas historias. Su cuento “Los asesinatos en la Calle Morgue”, publicado en 1841, a menudo se denomina la primera historia moderna de detectives.

A pesar de su habilidad como escritor, es bien sabido que Poe tenía un problema con el alcohol, y sus cartas revelaron que luchó contra pensamientos suicidas. Las causas y circunstancias en torno a su muerte a los 40 años de edad se desconocen, pero quizás tienen que ver con una insuficiencia cardiaca, muy probablemente, debida a su adicción a la bebida.

Edgar Allan Poe pudo llegar a haber visto una relación entre creatividad y enfermedad mental en sí mismo, en cierta ocasión escribió:

“Los hombres me han llamado loco; pero aún no está determinada la cuestión de si la locura es o no la más excelsa inteligencia, si mucho de lo que es gloria, si todo aquello que es profundo, no brota de la enfermedad del pensamiento, de modos de pensar exaltados respecto del intelecto general. Aquellos que sueñan de día son conocedores de muchas cosas que se les escapan a los que únicamente sueñan de noche.”

Ludwig van Beethoven (1770 – 1827)

Compositor y pianista alemán. Su legado musical se extendió, cronológicamente, desde el período clásico hasta inicios del romanticismo musical.

Las contribuciones de Beethoven a la música fueron monumentales. Sin embargo, el famoso compositor tuvo una vida muy dura. Hijo de un abusivo y alcohólico padre, Beethoven fue responsable del bienestar de su familia desde los 18 años. Uno de los aspectos más trágicos de su vida fue su sordera, que se produjo a partir de los 30 años, como resultado (muy posiblemente) de las palizas recibidas por parte de su padre. Sorprendentemente, fue capaz de componer algunos de sus más apreciados y valiosos trabajos después de perder el oído.

Su lucha interna está documentada en cartas a sus hermanos donde hablaba de su coqueteo con el suicidio. Varios autores han escrito que Beethoven, muy probablemente, sufrió un trastorno bipolar.

Exámenes y pruebas de Beethoven a través de su cabello han revelado recientemente un alto contenido de plomo. Esto podría haber provocado no sólo su enfermedad mental, sino también las enfermedades digestivas de la cuales se quejó a menudo.

Sir Isaac Newton (1643 – 1727)

Científico, físico, filósofo, inventor, alquimista y matemático inglés, autor de los Philosophiae naturalis principia mathematica, más conocidos como los Principia, donde describió la ley de gravitación universal y estableció las bases de la Mecánica Clásica mediante las leyes que llevan su nombre. Entre sus otros descubrimientos científicos destacan los trabajos sobre la naturaleza de la luz y la óptica (que se presentan principalmente en el Opticks) y el desarrollo del cálculo matemático.

Con numerosas y trascendentales contribuciones a la física y la mecánica, Sir Isaac Newton es universalmente conocido como un brillante pensador. De hecho, una encuesta realizada entre expertos indicó que Newton poseía más influencia que Einstein. Algunos de sus notables contribuciones incluyen la invención de cálculo, explicando “la gravitación universal,” el desarrollo de leyes del movimiento y la construcción del primer telescopio de reflexión.

A pesar de sus muchos logros, Newton sufría de tendencias psicóticas y cambios de humor y también se le atribuye que sufría de trastorno bipolar. Además, sus cartas delirantes dan credibilidad a la teoría de que era esquizofrénico. El padre de Newton murió antes de que él naciera y entre las edades de 2 a 11 años fue separado de su madre. Su trastorno mental podría haber sido como resultado de esta prolongada experiencia traumática en su infancia.


Por: Alfred López, 11 de noviembre de 2008. Blogs.20minutos.es